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De los Óscar a la Venezuela Bolivariana, una reflexión sobre el fanatismo

Thakar Marcano

Thakar Marcano

Estudiante de Historia en la Universidad de los Andes. Actualmente exiliado venezolano en España. Ex-Coordinador Internacional del Movimiento Libertario de Venezuela. Articulista para el Movimiento Libertario de Venezuela y colaborador en iF Revista Digital.
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La película nominada al Óscar, Jojo Rabbit, del director neozelandéz Taika Waititi, debería ser una consulta obligatoria para todos los jóvenes venezolanos que desean y aspiran poder vivir en una nación diferente a la ruinas en las que hoy se ha convertido Venezuela.


La cinta norteamericana nos pone en los zapatos de un niño perteneciente a las juventudes hitlerianas durante las últimas semanas de la segunda guerra mundial. Este joven, inocente, ignorante de la complejidad del mundo que lo rodea, y cegado fuertemente por la propaganda nacional-socialista de la época, ve en Hitler un modelo a seguir, un hombre que merece idolatría y que -él mismo- considera su mejor amigo, manifestándose este como una visión recurrente en la vida del joven Jojo.

Todos, en mayor o menor medida, somos víctimas del Hitler alojado en nuestra imaginación. Tendemos a dejarnos llevar por las visiones simplistas que se nos presentan desde medios de comunicación, desde el discurso público, e incluso, desde algunas aulas de clase. El mundo se divide en dos polos opuestos, el de los buenos -donde siempre estaremos adscritos nosotros- y el de los malos -donde se hallarán todos los que no piensen como nosotros-. Esta visión que es propia de una gran parte de la población venezolana, se acentúa con mayor o menor firmeza en el ideario de cada individuo. Para algunos este Hitler imaginario podría ser fácilmente reemplazado por una versión más tropical del caudillo y dictador germano, podría ser reemplazado por un Hugo Chávez imaginario, que susurra a los oídos de sus fanáticos lo malvado que es el capitalismo, los yankes, la oposición apátrida y los beneficios que trajo a la nación el bolivarianismo o el socialismo del siglo xxi. Para otros esta dictador imaginario podría ser un Guaidó, o un Capriles, o incluso una María Corina Machado. Todos ellos, susurrando sus verdades y señalando a los que se oponen a ellas como el enemigo a vencer, como el judío a quien exterminar, como los americanos o sovieticos a los cuales combatir.


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Sobra decir que esta polarización, este fanatismo, se desprende de una inmadurez propia de la incomprensión de la complejidad del mundo que nos rodea, tal como le pasaba al joven hitleriano en la cinta de Waititi. Ni los que piensan como nosotros son tan buenos -o siquiera están en lo correcto- y los que nos adversan no son tan malos -o puede que estén incluso en una posición más acertada que la nuestra-. El mundo de blancos y negros ha de pasar al de los claroscuros si deseamos poder evitar una grieta en nuestra sociedad tan profunda como la que ocurrió en la Alemania Nazi. Porque esa grieta, es real, es patente, aunque aún es salvable. A la llegada de Hugo Chávez a la presidencia en 1999, la ciudadanía venezolana, era caracterizada por un ambiente político el cual -salvo algunas excepciones- era cuanto menos carente de odios y reyertas. Los venezolanos eran adecos o copeyanos, cada cinco años concurrían a elecciones presidenciales, asistían a mítines, oían los discursos, pero más allá de ello, las familias, los amigos, y los círculos sociales de cada persona, no se veían afectados por las ideas políticas que estos profesaban. Todos esperaban que ganasen sus candidatos, pero esto no caía en una descalificación o en un desprecio por quienes militaban en la tolda contraria. Chávez llegó para polarizar. Pronto nuestra sociedad mutó. Las familias se separaron. Padres dejaron de hablarle a los hijos y viceversa. Matrimonios se rompieron, y poco a poco se fue creando el caldo de cultivo perfecto para generar una grieta, patente más que nunca a día de hoy. Sin embargo, esta grieta puede seguir expandiéndose, hasta que se vuelvan irreconciliables las partes involucradas, y nuestra nación se vea avocada a escenarios lamentables.

No faltan opiniones entre los venezolanos que emulan a la perfección el deseo de persecución y exterminio de los nazis contra los judíos, solo que adaptados a nuestra realidad y a nuestra época. El odio contra cualquier militante del chavismo, el odio contra los militantes de la MUD o contra los opositores. Todos desean acabar con su enemigo, y piensan que si esto ocurriese, Venezuela dejaría atrás estas épocas obscuras y se sumiría en una era de plena prosperidad. Siguiendo con la analogía, estas ideas no distan mucho de las que el propio Adolf Hitler expresaba en su libro “Mi Lucha” donde argumentaba que la decadencia de la nación germana se debía a los judíos, a los que les achacaba todas las desgracias que sufría la Alemania de entreguerras.

¿Qué pasaría si por un momento ignorásemos al Hitler imaginario que ronda nuestras imaginaciones, y pasamos a comprender un poco más la complejidad de la crisis social que azota a nuestro país? Cada bando en esta reyerta, ha sido paulatinamente adoctrinado por propaganda, ha sido endulzado por las palabras de líderes carismáticos, y ha caído en una vaciedad de ideas sin parangón. Han dejado atrás cualquier raciocinio y se dedican a defender con las palabras -cuando no, con las armas- sus trincheras políticas. Enfrentando así a ciudadanos que nada o poco tienen que ver con las élites políticas que realmente han sido los causantes de todas las desgracias acaecidas en Venezuela.

Los políticos no son santos. Los políticos no buscan el bienestar de la sociedad. Los políticos son los parásitos que se sirven de la división de la sociedad, ya que al estar esta dividida, difícilmente pueda hacer frente, en rebelión popular, al yugo que los oprime.

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«Los políticos no son santos. Los políticos no buscan el bienestar de la sociedad. Los políticos son los parásitos que se sirven de la división de la sociedad, ya que al estar esta dividida, difícilmente pueda hacer frente, en rebelión popular, al yugo que los oprime.»Thakar Marcano

Sin embargo, caben esperanzas. Tras una serie de acontecimientos traumáticos, el joven Jojo, el pequeño militante de las juventudes hitlerianas, empezó a ver la realidad bajo otro prisma. Aquellos que creía sus enemigos naturales, los judíos, resultaron no ser las aberraciones que la propaganda nacional-socialista se empeñaba en hacer creer a sus ciudadanos, se dio cuenta de la temible realidad que lo envolvía y de como fue manipulado. Se despidió de su Hitler imaginario y pasó a ver la realidad con otro cristal. Aún cabe la posibilidad, de que tras tanta desgracia, el ciudadano venezolano, deje atrás sus fanatismos, propios de la ignorancia, y pase a ver la realidad tal y como es. Compleja. Cruda. Y sin blancos y negros, sino coloreado por unas suaves tonalidades de gris.

 

Por: Thakar Marcano

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